En Tambillo y no en Miami

Eran las vacaciones de Julio, las más largas y esperadas. Un duro ciclo de la universidad había finalizado y yo, por mi parte, ansiaba estos días libres para pasar unos días en la playa, viajar a Miami y salir de “juerga” al menos dos fines de semana. ¡Qué ricas vacaciones!

Saliendo de mi último examen final, recibí una llamada que cambiaría estas vacaciones de sueño en una gran lección de vida.

Mi mamá me dijo que este año era muy poco probable viajar al exterior y que me vaya haciendo la idea de no hacer muchos planes, ya que ella tenía preparado unas vacaciones diferentes para mí. Entusiasmada por la idea, no veía la hora de llegar a mi casa y descubrir la noticia.

-Te vas de misiones a Ayacucho por dos semanas.

¿De misiones? ¿a Ayacucho? En lugar de playa, serían montañas; ya no Miami, sino Tambillo, y no serían fines de semana de “juerga”, sino de evangelización y oraciones. De manera sarcástica le respondí a mi mamá: ¡Qué ricas vacaciones!

No me causó mucha gracia el cambio completo de mis planes, pero bueno accedí a ir sin mucho gusto.

Conmigo viajaban tres “monjitas” y catorce chicas entre 18 y 25 años. El viaje fue por bus y duró toda la noche. Gracias a Dios mi madre me había comprado los asientos más cómodos y pude disfrutar de ese viaje. Lo que no sabía en ese momento era que esa noche sería la última donde dormiría cómodamente.

Empecé a conocer a las personas con quienes viajaba. Las hermanas eran bien buenitas, unas tiernas que hablaban de Dios y del amor todo el día; las chicas eran muy divertidas, la mayoría aún estudiaba en la universidad, otras ya habían acabado su carrera. Mi pregunta siempre era, ¿por qué escogerían pasar sus vacaciones así?

Llegamos a Huamanga al amanecer. Esta ciudad nos recibió con un cielo maravilloso. Siempre he disfrutado ese cielo ayacuchano, no era la primera vez que visitaba esta ciudad y debo admitir que por ese momento lo preferí mil veces que Miami.

Estuvimos un rato en Huamanga. Las hermanas nos llevaron a misa en la catedral.

-Hace tanto tiempo que no asisto a una misa – le confesé a una de ellas.

Con mucha ternura me dijo que esta era el momento perfecto, que aproveche de confesarme y recibir la comunión. No podía negarme a tan dulce propuesta. Así lo hice y celebré misa por primera vez después de mi confirmación.

Salimos de lacatedral y tomamos un bus hasta Tambillo, un pueblito que se ubicaba  a dos horas de Huamanga. Este bus era más pequeño y no tan cómodo, pero bueno, ya estaba a allí. Durante el viaje, las monjitas sacaron su guitarra y empezaron a cantar. Las canciones no parecían religiosas, pero lo eran. No sabía que existían canciones para Dios tan alegres y con ritmos modernos. Me acerqué a una de ellas y le pedí un cancionero. Me contaron que tenían un grupo musical, se llamaban las Siervas. Me mostraron su videoclip y empecé a quererlas más.

 

Tambillo nos esperaba con un hermoso cielo despejado completamente. Llegamos a una escuelita muy pobre. Empezamos a sacar las maletas. Yo sólo estaba esperando que me dijeran donde quedaba el hotel, o por último el cuarto donde dormiría. Estaba muy cansada, solo quería tomar un baño y hacer una siesta.

¡No! ¡No había hotel, ni ducha! Dormiríamos en un salón vacío de la escuelita, dentro de nuestros sleeping bags y usaríamos el precario baño de la escuelita para echarnos baldes de agua fría y así asearnos. Yo no lo podía creer, no había forma. ¿A qué tipo de viaje me había inscrito mi mamá? Las cosas se empeoraron para mí cuando me enteré que nosotros mismas teníamos que cocinarnos, limpiar el baño, el cuarto, la cocina, lavar los platos, morir y seguir muriendo… cuando, en su lugar, podía haber estado tomando sol en algún lugar del planeta.

Pero no podía ponerme engreída a esas alturas del viaje. Al mal tiempo buena cara.

Nos recibieron unos niños lindos que tenían chapas en los cachetes y vestían ropitas gastadas. Me miraban asombrados, como si fuera de otro mundo. Sus ojitos al vernos se llenaban de ternura. Jugamos con ellos hasta que cayó la noche.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Habían grupo de labores. Yo era feliz cuando me tocaba la cocina. No sabía mucho, pero estaba dispuesta a aprender. Sin embargo, ¡el baño! no había forma, me rehusaba.

La noche no la pasé tan bien. Dormí en el suelo, hacía mucho frío y el ruido del viento y algunos roedores de fuera me mantenían intranquila. Solo quería que amaneciera de una vez. Pensando y pensando en todo lo que me esperaría, sin darme cuenta, escuché cantar al gallo y una luz tenue de sol entraba por las ventanas del aula. Me desperté antes que todas, muy temprano. Tenía que buscar la forma de lavarme el cabello, al menos. El agua era helada, parecía recién bajada del nevado. Después de echarme agua, me uní al grupo para rezar. La “monjita” me pidió que leyera la lectura. Me caía bien. Se había convertido en mi amiga. Luego de esa pequeña oración de inicio de día, tomamos un desayuno sencillo y salimos a ‘misionar’.

A mi grupo le tocó ir al pueblo vecino. Tuvimos que bajar y subir colinas altas. Yo no entendía el sentido de hacer esto. ¿Por qué visitar a las demás personas? Después entendí todo. Llegamos al pueblo y todo era silencio. A lo lejos, vimos a una señora venteando quinua y fuimos a ayudarla.

Mientras la ayudamos nos contaba su historia, estaba triste. Su esposo estaba muy enfermo y ella tenía que hacerse cargo de la chacra, la familia y solventar todos los gastos del hogar. Una vida dura, que no cambiaban para nada su ánimo y sus ganas de saludarnos amablemente. Una vida dura que no cambiaban su fe. ¡Cuánta fe tenía esa mujer! Algo en su interior le decía que todo iba a estar bien.

Después vimos a una señora desgranando choclo. Decidimos ayudarla y de paso conversábamos con ella. Nos contó que su único hijo había desaparecido en la época del terrorismo y que no había día que no le esperase sentada en su puerta desgranando maíz. Yo no pude evitar llorar. Aún así, ella empezó a consolarme como una madre a su hija. Morí de amor.

Me percaté que alguien corría por allí. Era una niña y estaba llorando. Fui a hablar con ella, quería consolarla. No alcanzaba a entender lo que balbuceaba. Solo la abracé fuerte.  En el oído me dijo: “Mi mamá. No la encuentro.” Yo entré en pánico. ¿Dónde estaba su mamá? Ella corría por la pista sin miedo a los carros llorando y buscando. Era tan niñita, tan frágil. Salió una señora diciendo ser su tía y se la llevó. Nunca supe si encontró a su mamá o no. Espero que sí.

Teníamos que emprender nuestra caminata de regreso antes de que caiga la noche, ya que solo teníamos la luz del sol para iluminar. El retorno fue mucho más fácil, ya me había aclimatado y la altura no le afectaba a mi respiración.

Cenamos, rezamos y nos fuimos a dormir. Esa noche me quedé pensando en todo lo que había vivido ese día y todas las historias que había escuchado. Me dormí soñando con esas personas.

Al día siguiente hice todo más rápido y sin quejarme, quería volver a ese pueblito, quería seguir ayudando a esa gente en lo que podía.

Cada día era nuevo, nuevas historias, nuevas personas, nuevos rostros. No había momento que no agradeciera al cielo maravilloso de Tambillo por tener una vida llena de oportunidades, por tener algo que llevarme a la boca, por vivir emociones. No había día a partir del primero que no haya agradecido a mi mami haberme metido en este viaje, en toda esta aventura.

Limpiaba los baños, lavaba los platos, cocinaba y todo lo hacía feliz. Sabía que mientras más rápido lo hacía, más tiempo para visitar personas, escuchar sus tristezas y hacernos felices mutuamente. ¡Qué hermoso! Poco a poco ese visitar personas iba cobrando sentido.

Con mucha pena veía como esas dos semanas llagaban a su fin. Tenía que dejar a mis niños, a mis amigas, a mis amigas “monjitas”, a mis viejitos, sus historias. Extrañaría mi Tambillo, esas noches estrelladas, esas comida maltrecha, ese clima loco, esa sleeping bag donde tuve los mejores sueños de cambiar al mundo. Extrañaría poder ver cómo afloraba la mejor parte de mí, esa parte donde me preocupaba más por los demás y no sólo pensaba en mí.

En este viaje no visité playas, no fui por tercera vez a Miami, no me fui de “juerga”; pero amé muchísimo, salí de mí para ver a los demás. Me di cuenta que a veces es  bueno detenerse y escuchar la historia de los otros, maravillarse con su sinceridad al hablar, con la ternura que te las cuentan y ser sensibles para entender que te las comparten no solo para que los escuches, sino para los consueles, para tenerte de cómplice, amigo, alguien que hará algo para ayudarlo. Buscan en ti un refugio de sus problemas, un poco de alegría, calma y paz. ¡Qué lindo es escuchar al otro! Salir a su encuentro para consolarlo, amarlo, hacerlo reír, compartir con ellos y darle la esperanza de confiar.

No terminaré de agradecer a Dios esta hermosa experiencia. Espero con ansias mis próximas vacaciones para cambiar las sandalias por zapatillas y mi ropa de baño por buzos y casacas gruesas.

Gracias Tambillo porque no sólo me diste un cielo maravillo, sino el paraíso completo.